Publicado: Miércoles 19/12/2012

El negocio de la soja amenaza la vida en la selva brasileña

Los titulares de la prensa lo han explicado así: “Pere Casaldàliga obligado a huir de Sao Fèlix do Araguaia por las amenazas de muerte que ha recibido de grandes terratenientes por su defensa de los Derechos Indígenas”. Las amenazas a Dom Pedro, como le llaman en Brasil, son otra muestra de una globalización que hace de la alimentación un negocio asesino para el Planeta y para muchos millones de personas. Y el estado Español no es ajeno.

Son bien conocidos los intereses económicos, políticos y/o geoestratégicos que durante buena parte del siglo XX fueron la causa de expulsar, o incluso exterminar, un gran número de pueblos indígenas en toda América, también en Brasil. Como el pueblo Xavante, de la tierra indígena Marãiwatsédé, que en el 1964 fueron deportados en aviones militares al sur de la región para dejar lugar a la compañía agropecuaria Suiá-Missú. En poco tiempo, Suiá-Missú se convertiría en una de las mayores haciendas del mundo. Más tarde en estas mismas tierras entraron otras empresas o unas pocas familias que las convirtieron en grandes latifundios. Aprovechando la falta de regularización de las tierras, muchas de éstas se revendieron ilegalmente a pequeñas familias pobres que, aun sabiendo que eran originariamente indígenas, lo vieron como una oportunidad para salir de la miseria.


A pocos kilómetros de este lugar vive desde hace 44 años Pere. Y gracias al compromiso de personas como él y la lucha incesante de las poblaciones indígenas y de otros colectivos, se ha desbloqueado el reconocimiento a la historia de la población indígena Xavante de Marãiwatsédé, hasta el punto de que ahora, cumpliendo un mandato judicial, se ha decidido ejecutar el retorno de las tierras que siempre habían habitado. Pero, claro, en más del 80% de las tierras Marãiwatsédé ahora viven “nuevos ocupantes” que no están de acuerdo en ser reubicados o desposeídos de dichas tierras. Es en estos momentos de reparación histórica cuando grandes terratenientes, utilizando en primera línea del frente a las familias de los pequeños asentamientos, han pasado de la presión política al uso de la fuerza. Y han empezado amenazando a quien, con más claridad, se ha posicionado con su testimonio, Pere Casaldáliga y otras personas y organizaciones que han defendido que la tierra sea devuelta a quien pertenece y que las familias engañadas que ahora viven allí, sean reubicadas en otras tierras no utilizadas donde podrían recuperar su actividad.

No es de extrañar que sea ahora que el monocultivo de soja para alimentación del ganado esté ya sobre las tierras del Área Indígena Marãiwatsédé y a punto de llegar a Sao Fèlix, cuando se quiere silenciar, entre otras, la voz comprometida de Pere Casaldàliga. Se quiere imponer nuevamente el monopensamiento neoliberal donde acumular riqueza es suficiente excusa para poder amenazar la defensa de los derechos más fundamentales. Es ahora cuando interesa silenciar las voces que puedan frenar el avance de este agronegocio mundial, del que en Catalunya tenemos parte de la solución.
No hace falta desplazarse allí para verlo con nuestros propios ojos. Se puede hacer por internet, sin salir de delante de la pantalla del ordenador. Con un programa que permite ver la Tierra desde imágenes aéreas, fijándonos en Brasil, Paraguay, Argentina, Bolivia u otros países que nos exportan la soja o el maíz. Sin necesidad de ampliar mucho se puede observar como la irregularidad de la selva se está volviendo cuadriculada por grandes parcelas con unas carreteras en medio que facilitan la exportación de esta soja transgénica desde allí hasta los puertos de Barcelona, Tarragona o cualquier otra parte del mundo. Y esta soja la encontramos en el pienso de nuestros cerdos, gallinas o vacas como alimento de un modelo de producción intensivo y contaminante que enriquece a unos pocos a la misma velocidad que ahoga a la pequeña ganadería catalana.


En definitiva, empieza a ser el momento de sentirnos más partícipes e interpelados cuando los medios de comunicación informan de unas madres argentinas denunciando abortos por culpa de las fumigaciones de los campos de soja lindantes a su barrio; o del asesinato en Paraguay de 10 campesinos que se resistían a abandonar sus asentamientos –porque las grandes compañías quieren ampliar sus monocultivos de soja; o de Miguel Galvan, campesino argentino que ha sido asesinado por la misma codicia. Y tal vez empezaremos a entender que para evitar que personas como Pere Casaldàliga sean amenazadas por la defensa de los derechos indígenas, también es necesario que nosotros luchemos aquí en Catalunya por una alimentación basada en nuestros propios recursos productivos y en manos de muchas pequeñas y sostenibles agriculturas locales.


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