
El siniestro ferroviario ocurrido en Adamuz (Córdoba) se ha consolidado como la mayor catástrofe ferroviaria en España en décadas, elevándose ayer la cifra oficial a 42 fallecidos. Este evento no es solo un suceso trágico; es el colapso del Mecanicismo en el que la clase intelectual política había invertido 700 millones de euros para renovar una vía que se suponía inexpugnable. El choque entre el tren Iryo 6189 y el Alvia 2384 en un tramo de línea recta —el lugar más improbable para un error— ha dejado al descubierto que la modernidad es una cáscara frágil frente a la Ingeniería de la Incertidumbre.
Desde un análisis técnico riguroso, la CIAF investiga el raíl número 23117, que parece haber saltado o fracturado por una discontinuidad en la soldadura, provocando que el último vagón del Iryo descarrilara e invadiera la vía contigua. Lo más devastador, bajo la óptica de Pierre-Simon Laplace, es el factor del tiempo determinista: el intervalo entre ambos convoyes fue de apenas 20 segundos. En ese margen, los sistemas de seguridad automáticos no tuvieron capacidad física para detener la masa inercial de los trenes circulando a más de 200 km/h. Es el triunfo de la fatalidad material sobre el cálculo humano.
Esta noticia evoca la «tristeza» que Baruch Spinoza describió en nuestro meme: la pasión del desprecio por el mantenimiento preventivo y el ahorro de costes en infraestructuras críticas genera una desolación que hoy siente toda España. Frente a los 43 desaparecidos denunciados inicialmente, la respuesta de los vecinos de Adamuz ha sido la única nota de Vitalismo puro. Ignorando el peligro, se lanzaron a lo que Santiago, un superviviente, describió como un «amasijo de hierros» para rescatar a quienes pedían socorro. Ese acto es la voluntad de poder de Friedrich Nietzsche en su forma más noble: la afirmación de la vida frente a la inercia de una máquina que ha fallado. Mientras se espera el funeral de Estado en febrero, la pregunta sobre la responsabilidad de Adif y la fatiga de materiales en una vía recién inaugurada sigue abierta, desafiando el dogma de la seguridad absoluta que el Estado nos vende.




