
La mayor operación de vigilancia y deportación en la historia de Estados Unidos ha consolidado su «fuerza mortal» en las calles de ciudades como Minneapolis. Los datos materiales contrastados hasta hoy confirman 44 muertes de civiles y migrantes vinculadas directamente a la ofensiva del ICE y la Patrulla Fronteriza en un solo año.
El sistema ha adoptado una lógica de «fuerte frente a débil» para deshumanizar a la multitud resistente. Tras el asesinato de la ciudadana Renée Good —tiroteada tres veces por un agente migratorio mientras intentaba alejarse en su coche— el aparato estatal intentó fabricar una narrativa de lesiones gubernamentales alegando «hemorragias internas» del agente Jonathan Ross que los informes médicos de la escena no registran. Mientras el imperio canoniza al agente David Maland, la única baja federal por disparos en acto de servicio en este periodo, oculta que el riesgo de muerte para un oficial migratorio es hoy 6,3 veces inferior al de cualquier otro policía local. Los ojos de la multitud en Minneapolis están abiertos; denuncian una «invasión federal» y exigen el fin de un mecanicismo que utiliza la etiqueta de «inmigrante» para cobrar un botín de sangre.




