
La reciente aprobación de la regularización extraordinaria de cerca de 500.000 migrantes en España no es solo una medida administrativa; es un experimento de Ingeniería Social y un acto de justicia aletheica. Durante años, medio millón de personas han habitado un «no-lugar» existencial: presentes en el tejido productivo pero invisibles para el contrato social.
Desde la Neurobiología de la Conciencia, sabemos que la incertidumbre constante y la falta de pertenencia generan un estado de resistencia psicológica que agota la voluntad. Al otorgar «papeles», el Estado no está regalando nada; está reconociendo una verdad previa. Como diría Foucault al analizar las estructuras de poder, la invisibilidad es una forma de control. Romper esa invisibilidad es, por tanto, un acto de liberación anárquica dentro del sistema.
Este proceso de regularización permite que el sentimiento de seguridad sustituya al miedo. No podemos hablar de una «sociedad avanzada» si mantenemos a una parte de nuestra especie en un limbo legal que facilita la explotación. La verdadera singularidad de la conciencia colectiva solo se alcanza cuando reconocemos que el «otro» no es una cifra macroeconómica, sino un nodo esencial en nuestra red de existencia.
En un mundo que marca 85 segundos para el final, reconocer la dignidad del que llega es, quizás, la única forma de retrasar el reloj.



