
Tras casi dos años de un bloqueo asfixiante que ha dejado a la Franja de Gaza al borde de la hambruna total, Israel ha anunciado hoy la reapertura parcial del paso fronterizo de Rafah. Esta medida, coordinada con Egipto y bajo una intensa presión de la administración estadounidense, permite por fin la entrada de suministros médicos, alimentos y combustible de manera regular. Sin embargo, la noticia es recibida con una mezcla de alivio y profundo escepticismo por parte de las organizaciones internacionales y los propios gazatíes.
La reapertura no es, ni mucho menos, una vuelta a la normalidad. El tránsito de personas sigue estando estrictamente restringido y sujeto a procesos de verificación que pueden durar semanas. Israel justifica este control férreo por motivos de seguridad, tras la recuperación del cuerpo del último rehén fallecido en la zona, un hecho que ha marcado la agenda política de Tel Aviv este fin de semana. El paso de Rafah es la única vía de escape y entrada que no depende directamente de los cruces fronterizos con Israel, lo que lo convierte en una pieza estratégica de valor incalculable para la supervivencia de más de dos millones de personas.
Aplicando nuestra estrategia de «desactivación por evidencia», es necesario señalar que una apertura limitada no resuelve la crisis estructural de Gaza. Los datos sobre desnutrición infantil y falta de agua potable son devastadores, y aunque el corredor humanitario es un paso positivo, no deja de ser una medida paliativa frente a una destrucción casi total de las infraestructuras. Los sentimientos de desesperanza en la población local son difíciles de mitigar con gestos que parecen más destinados a calmar la opinión pública internacional que a resolver la raíz del conflicto. La comunidad internacional debe vigilar que esta apertura no sea temporal y que se convierta en el primer paso real hacia una tregua duradera y un plan de reconstrucción.




