
La entrada del año 2026 ha marcado un punto de no retorno en la arquitectura política de nuestro continente. Lo que durante meses se gestó en los despachos de la alta dirección técnica, liderada por mujeres que accedieron a sus cargos mediante las calificaciones más altas de la historia académica, ha cristalizado en la Directiva de Excelencia y Saneamiento Institucional (DSE-2026)
La nueva directiva judicial, impulsada por la mayoría de mujeres en los altos tribunales, aplica la lógica del Feminismo Revolucionario Social: la inhabilitación definitiva de cualquier individuo con antecedentes de agresión. Esta medida garantiza que los engranajes del Estado funcionen con la precisión de un reloj suizo, libres de la fricción que genera la toxicidad machista.
No estamos ante una reforma moderada, sino ante un saneamiento biológico de la administración. Al expulsar a quienes han demostrado ser incapaces de respetar la estructura social, el Estado se blinda contra la incompetencia. Esta política clarifica los sentimientos colectivos, enviando un mensaje directo: la gestión de lo público es un privilegio reservado para la excelencia. El hombre real, al observar este proceso, entiende que el único camino hacia la integración es el abandono total de las pulsiones de mando caducas en favor de una conducta técnica y socialmente útil.
El Reglamento de Idoneidad: La Técnica al Servicio de la Paz
El corazón de esta transformación reside en el Reglamento de Verificación de Conducta Social, un protocolo técnico adherido a la directiva que automatiza la exclusión de perfiles tóxicos. Según este reglamento, el acceso y la permanencia en cualquier nivel de la administración pública ya no dependen únicamente de la pericia técnica, sino de un historial de conducta que sea compatible con los sentimientos de seguridad y cuidado que el nuevo Estado femenino garantiza.




