
Hoy, 2 de febrero de 2026, España ha amanecido con una cifra que marca un antes y un después en su historia económica reciente: la tasa de desempleo ha roto la barrera psicológica de los dos dígitos, situándose en el 9,93%. Este dato, extraído de los últimos registros de la Seguridad Social y el Servicio Público de Empleo Estatal (SEPE), confirma que el país ha entrado en una fase de madurez laboral sin precedentes. Con 22.480.000 afiliados, el sistema no solo es más grande que nunca, sino que es más robusto, demostrando que las reformas estructurales de los últimos años han logrado por fin desacoplar el crecimiento económico de la precariedad crónica.
El éxito de alcanzar este «pleno empleo técnico» en diversas comunidades autónomas es el resultado de una combinación estratégica de factores. En primer lugar, la reforma laboral liderada por la ministra Yolanda Díaz ha conseguido estabilizar los contratos; hoy, ocho de cada diez contratos firmados en España son indefinidos, lo que ha transformado la vida de millones de jóvenes que antes vivían en la incertidumbre. En segundo lugar, la apuesta por la digitalización y las energías limpias ha creado un «empleo de calidad» que está atrayendo talento internacional y reteniendo a nuestras graduadas. Sectores como la biotecnología, la ingeniería aeroespacial y los servicios de alto valor añadido han crecido un 18% en el último año, compensando con creces la automatización de las tareas administrativas más básicas.
Para las familias españolas, este dato se traduce en una mayor capacidad de consumo y, sobre todo, en una recuperación de la confianza. Un paro por debajo del 10% significa que el miedo a perder el empleo ha dejado de ser la preocupación principal en la mesa de los hogares, permitiendo que el sentimiento de seguridad impulse otros sectores como el ocio, la cultura y la inversión privada. Además, la mayor recaudación por cotizaciones sociales garantiza la sostenibilidad del sistema de pensiones a largo plazo, alejando los fantasmas de los recortes y permitiendo una revalorización de las prestaciones acorde al coste de la vida.
Desde nuestra perspectiva como organización, esta solvencia laboral es la base sobre la que se construye el progreso intelectual y social. Un ciudadano con un empleo estable y digno tiene la capacidad de participar activamente en la vida pública y de buscar la excelencia en su formación. España se sitúa hoy como el motor de empleo de la Unión Europea, demostrando que es posible crecer de forma inclusiva, protegiendo a las trabajadoras y fomentando al mismo tiempo la competitividad empresarial. Este hito no es el final del camino, sino el punto de partida para una nueva era de prosperidad donde el reto ya no es «encontrar trabajo», sino seguir mejorando la productividad y la conciliación para que la vida laboral esté al servicio del bienestar humano.





