
La geopolítica ya no se limita a las fronteras terrestres. Hoy, la Agencia Espacial Europea (ESA) y la NASA han confirmado el éxito de la misión Artemis IV al establecer el primer módulo de minería automatizada en el cráter Shackleton, en el polo sur de la Luna. El objetivo es claro: la extracción de Helio-3, un isótopo estable que podría ser la clave para la fusión nuclear limpia y prácticamente ilimitada. Sin embargo, este avance ha desatado una carrera diplomática sin precedentes con la administración estadounidense, que reclama derechos de explotación preferentes basados en los Acuerdos de Artemis.
Desde la perspectiva de «nuestras ciencias», este hito representa el paso definitivo hacia la independencia energética, pero también plantea un dilema ético profundo. ¿Estamos exportando nuestro modelo de explotación extractiva al espacio exterior? Los científicos de nuestra organización han señalado a menudo que el apoyo a la exploración espacial debe ir de la mano con una regulación que impida que la Luna se convierta en un campo de batalla corporativo. La singularidad del entorno lunar es un patrimonio que debe protegerse, no solo para la ciencia, sino como un reflejo de nuestra capacidad de evolucionar sin repetir los errores coloniales del pasado.
En nuestros periódicos, analizamos este avance no solo como un logro técnico, sino como una prueba para la identidad humana. Si logramos dominar la energía de las estrellas, ¿qué sentimientos guiarán su distribución? La tensión en el Consejo de Seguridad de la ONU es palpable hoy, mientras China y Rusia anuncian su propia base lunar conjunta. Estamos ante una nueva «Guerra Fría» de baja gravedad, donde el control de la energía del futuro determinará quién liderará el siglo XXI. La firma de tratados internacionales sobre el suelo lunar es ahora más urgente que nunca para evitar que el sueño de la energía limpia se transforme en una pesadilla de conflictos territoriales orbitales.




