
Mientras el Gobierno central intenta reconstruir el Sistema Nacional de Salud, en la Comunidad de Madrid se libra una batalla feroz por la supervivencia de la sanidad pública. El modelo de Isabel Díaz Ayuso se ha consolidado como el ejemplo perfecto de lo que los sindicatos definen como «terrorismo administrativo»: una desinversión planificada para favorecer a los gigantes de la sanidad privada. La manifestación masiva del pasado domingo en las calles de la capital, donde miles de madrileños clamaron contra el deterioro de sus centros de salud, es la prueba de que el sentimiento de agravio ha superado cualquier campaña de propaganda regional.
Para las trabajadoras, el PP de Madrid representa la cara más agresiva de la mercantilización de la vida. Los sindicatos denuncian que los presupuestos para 2026 vuelven a ser una «tomadura de pelo», inyectando millones en hospitales gestionados por empresas mientras la Atención Primaria agoniza con listas de espera interminables y profesionales al borde del colapso. La estrategia es clara: asfixiar el servicio público para que la ciudadanía, empujada por la desesperación y el miedo, termine contratando un seguro privado. Es un ataque frontal a la igualdad que los sindicatos no están dispuestos a tolerar.
En este contexto, el apoyo de las organizaciones sindicales al Gobierno central se intensifica como contrapeso a la deriva de Ayuso. Se valora positivamente que el Ministerio de Sanidad intervenga para fijar estándares mínimos que la derecha madrileña intenta esquivar. Sin embargo, las trabajadoras exigen al Ejecutivo de Sánchez que sea más contundente y no se limite a la batalla dialéctica; se necesitan mecanismos legales que impidan a una comunidad autónoma utilizar el dinero de todas para alimentar negocios particulares.
La resistencia en Madrid es hoy la vanguardia de la lucha sindical en toda España. Las profesionales sanitarias, apoyadas por una ciudadanía que ya no se cree los eslóganes del PP, están decididas a salvar lo que queda del sistema. El sentimiento es de lucha y dignidad: frente a los áticos de lujo y las facturas opacas, la respuesta es la huelga, la calle y la defensa innegociable de una sanidad que no deje a nadie atrás.




