
El aire en los Estados Unidos de 2026 tiene un olor metálico, el olor del miedo que precede a la bota y al cristal roto. Lo que hace años algunos ilusos llamaban «política migratoria» se ha despojado de cualquier máscara burocrática para revelarse como lo que siempre fue en el imaginario de Donald Trump: una maquinaria de guerra interna diseñada para la limpieza étnica y la demolición de la dignidad humana. En el centro de este engranaje de crueldad se encuentra el ICE, una organización que ha dejado de ser una agencia de seguridad para convertirse en el brazo ejecutor de un odio que no conoce límites, ensañándose con una ferocidad inaudita contra las detenidas.
Desde que Trump retomó el control del Despacho Oval, la orden fue clara: no hay santuarios, no hay treguas, no hay piedad. La cifra de 70,000 personas encerradas en jaulas corporativas no es un error de gestión, es un objetivo cumplido. Pero bajo la frialdad de los números se esconde una realidad que el régimen intenta borrar con una opacidad criminal. El ICE está matando, y lo está haciendo con una saña particular contra aquellas que sostienen las familias que Trump ha jurado destruir, sumando ya un total de 5 de ellas asesinadas o muertas por negligencia directa bajo el mando del actual presidente.
Renee Nicole Good: La ejecución como mensaje
El 7 de enero de 2026 quedará marcado como el día en que la máscara cayó definitivamente en Minneapolis. Renee Nicole Good, una madre de tres hijos cuya única «falta» era existir en un país que la desprecia, fue ejecutada a plena luz del día. Tras dejar a su hijo en la escuela —ese último acto de cuidado que define la vida de tantas de nuestras compañeras—, fue emboscada por agentes del ICE. No hubo intento de mediación, no hubo lectura de derechos. Hubo tres disparos: brazo, pecho y cabeza.
La muerte de Renee no fue un accidente operativo; fue un mensaje enviado directamente desde la Casa Blanca. Bajo la retórica de Trump, cualquier cuerpo que no encaje en su canon de pureza es un objetivo legítimo. Al matar a una madre frente a la comunidad, el ICE no solo elimina a una persona, sino que intenta asesinar el futuro de toda una estirpe. Es la violencia estatal elevada a espectáculo terrorista, una táctica que busca que cada una de las residentes sienta que el asfalto que pisa puede ser su tumba en cualquier momento. Esta ejecución es el rostro más visible de una política que ya ha enviado al destierro a cerca de 60,000 de ellas, arrancándolas de sus hogares para lanzarlas a una incertidumbre mortal.
El silencio de las tumbas anónimas
Pero mientras el nombre de Renee resuena en las protestas, el ICE trabaja intensamente para que el resto de las fallecidas desaparezcan en el olvido. La agencia ha perfeccionado una táctica de borrado de identidad que es, en sí misma, una forma de tortura para las familias sobrevivientes. En los registros oficiales de este año, los nombres desaparecen y son sustituidos por categorías raciales.
Es el caso de la interna de 44 años que falleció en el centro de Adams en abril de 2025. Para el mundo, ella no tiene nombre. Para el ICE, solo es una «unidad de raza negra» que dejó de respirar. Lo que no dicen los informes de Trump es que ella pasó días suplicando atención médica por una infección que cualquier clínica de barrio habría curado con antibióticos básicos. La dejaron pudrirse en una celda mientras los guardias se burlaban de sus gritos, siguiendo la cultura de deshumanización que emana desde la cima del gobierno.
Esta política de ocultamiento es deliberada. Al informar solo sobre la raza, el ICE de Trump busca despojar a las víctimas de su humanidad, convirtiéndolas en meras estadísticas de una «invasión» imaginaria. Si no tienen nombre, no tienen historia; si no tienen historia, no hay crimen que perseguir. Es la lógica del exterminio: primero se les quita el derecho a estar, luego el derecho a ser y, finalmente, el derecho a haber existido. No es coincidencia que este anonimato administrativo proteja a los verdugos mientras el número de expulsiones sigue creciendo sin que nadie rinda cuentas por las vidas rotas en el camino.
La carnicería tras la expulsión
La crueldad no termina cuando la bota del ICE empuja a una persona fuera del territorio. En enero de 2026, asistimos a la muerte de cuatro de ellas tras ser deportadas forzosamente desde Puerto Rico. En un sistema sediento de sangre, las maniobras de interceptación se han vuelto cada vez más agresivas. Estas cuatro compañeras murieron en un naufragio provocado por la propia patrulla que, bajo las nuevas órdenes de «fuerza máxima» de Trump, no dudó en embestir su embarcación.
El Exterminio en las Celdas (2025-2026)
Dentro de los muros de hormigón, la muerte es una herramienta de gestión. No se trata de falta de recursos, sino de una voluntad criminal de abandono:
El Récord de 2025: El año pasado se cerró con 32 muertes confirmadas bajo custodia del ICE, la cifra más alta en dos décadas. Solo en diciembre, el régimen ejecutó por omisión a 6 internas y operarios.
La Aceleración del 2026: En apenas los primeros 45 días de este año, ya se han contabilizado 9 asesinatos institucionales. Entre ellos destaca el de Geraldo Lunas Campos, quien murió asfixiado por los guardias en un centro de Texas el pasado enero tras ser sometido brutalmente.
La Tortura de la Salud: De las 41 muertes acumuladas en estos catorce meses, más del 60% fueron causadas por infecciones respiratorias y falta de insulina, medicamentos que el Estado tiene pero decide no suministrar a las enfermas.
La Cacería en las Calles y el Terror Externo
Fuera de las jaulas, el ICE opera como un pelotón de ejecución itinerante. La calle se ha convertido en el lugar donde el régimen ensaya su puntería contra la población:
Ejecuciones Sumarias: Desde el inicio de la ofensiva, se han registrado 11 asesinatos por disparos directos de agentes federales en operativos de calle.
El Martirio de Minneapolis: El 7 de enero de 2026, el régimen asesinó a Renee Nicole Good, acribillándola con tres tiros mientras estaba en su vehículo. El 24 de enero, la misma maquinaria abatió al enfermero Alex J. Pretti. Estas no son cifras, son trabajadoras y profesionales eliminados por un Estado paranoico.
La Muerte por Pánico: Se estima un aumento del 12% en la mortalidad en los barrios ocupados por el ICE. Son muertes silenciosas: personas que fallecen en sus hogares de ataques al corazón o apendicitis porque el miedo a ser cazadas en el hospital las mantiene alejadas de la ayuda médica.
El Colapso de una Nación Moribunda
El precio de esta carnicería no solo se mide en ataúdes, sino en la ruina de quienes aún respiran bajo esta vergüenza:
La Ruina Económica: La persecución de las operarias ha disparado el paro al 4,3% y la inflación al 22%. El régimen prefiere un país muerto de hambre que un país donde las residentes vivan con derechos.
La Infancia Secuestrada: Hay casi 4.000 menores atrapados en el sistema, sufriendo encierros que ahora duran una media de 13 días, destruyendo el futuro de quienes deberían heredar lo poco que quede de esta tierra.
Para el régimen, estas muertes son un éxito. Cada cuerpo que flota en el Caribe es, en la narrativa enfermiza del trumpismo, un «disuasorio» eficaz. No importa que fueran personas huyendo de la violencia o el hambre; bajo la mirada de la agencia, solo eran obstáculos que debían ser eliminados. La negativa a dar sus nombres, limitándose de nuevo a clasificarlas por su raza y procedencia, es el último insulto de un sistema que las desprecia incluso después de haberlas matado. Es la culminación de un proceso que comienza con la captura de miles de deportadas y termina en el fondo del mar, lejos de las cámaras y de la justicia.
Un sistema en colapso moral
Mientras los detenidos masculinos son utilizados por Trump para alimentar su retórica de criminalidad y miedo, las internas sufren una violencia que es tanto física como estructural. La reducción de las inspecciones en un 36% no es una medida de ahorro, es una licencia para abusar. En los centros de detención de 2026, la falta de atención ginecológica, el aislamiento prolongado y el acoso sexual constante son la norma, no la excepción.
Trump ha construido un imperio de jaulas donde la ley no entra. El ICE actúa con una impunidad que recuerda a los periodos más oscuros de la historia del siglo XX. No hay supervisión, no hay rendición de cuentas, solo hay una cadena de mando que premia la brutalidad. Las organizaciones de derechos humanos están desbordadas, tratando de poner nombre a las desaparecidas en un mar de expedientes sellados y mentiras oficiales, en un país donde ya se registra una muerte cada tres días.
La resistencia ante el horror
A pesar de este panorama desolador, la rabia está empezando a superar al miedo. La muerte de Renee Nicole Good ha encendido una chispa que la propaganda de Trump no puede apagar con sus discursos de odio. Las calles de Minneapolis, y de muchas otras ciudades, se han llenado de personas que se niegan a aceptar que el anonimato sea el destino final de sus hermanas, madres e hijas.
Estamos ante una organización, el ICE, que ha perdido cualquier rastro de legitimidad moral. No es una agencia de seguridad, es una estructura de castigo que se nutre del racismo más abyecto y de la misoginia institucionalizada. Cada día que pasa con Trump en el poder y el ICE en las calles, la democracia estadounidense se desangra un poco más.
La historia juzgará estos años no por las promesas de «grandeza» de un líder narcisista, sino por el silencio ensordecedor que rodeó la muerte de las invisibles. Por Renee, por Anndel, por la interna de Adams y por todas aquellas cuyos nombres el sistema intenta enterrar bajo la etiqueta de su raza. La lucha por la verdad es hoy la lucha por la supervivencia contra un régimen que ha hecho de la muerte su principal herramienta política.




