
Javier Ortega-Smith, secretario general de VOX a nivel nacional, y Pedro Fernández , vicesecretario jurídico del partido, durante el acto de Albacete
La caída en desgracia de Javier Ortega Smith ha alcanzado hoy su punto de no retorno. Lo que durante años se vendió como «firmeza» ha terminado revelándose como una incapacidad patológica para aceptar las reglas del juego, incluso las de su propia formación. La noticia de su suspensión de militancia, tras negarse a acatar el cese como portavoz en el Ayuntamiento de Madrid, no es más que la consecuencia lógica de un político que confunde la autoridad con el personalismo y la gesticulación agresiva.
Su salida cautelar de las filas que ayudó a fundar dibuja el retrato de un hombre que se ha quedado solo, atrapado en una retórica de confrontación que ya ni siquiera sus compañeros de filas están dispuestos a tolerar. Al desoír las instrucciones de su directiva para dar paso a un relevo necesario, Ortega Smith ha demostrado que su prioridad no es el proyecto político, sino el mantenimiento de su propia cuota de pantalla. Es el epílogo amargo para alguien que hizo de la violencia verbal y el desplante institucional su marca personal, como bien recordarán quienes presenciaron sus ataques a representantes de otras formaciones en el pleno municipal.
Hoy, ese comportamiento errático e insumiso lo sitúa en los márgenes. Su figura, cada vez más aislada, representa una forma de hacer política basada en el desprecio al consenso y en una soberbia que le impide entender que las instituciones están por encima de los individuos.




