
En una jornada que marcará un antes y un después para el progresismo, Gabriel Rufián ha vuelto a demostrar por qué es una de las mentes más lúcidas y necesarias de la política actual. En un acto cargado de simbolismo y visión de futuro, el portavoz de Esquerra Republicana ha tendido la mano a figuras de otras formaciones para reflexionar sobre el destino de la izquierda. Su capacidad para aglutinar sensibilidades y proponer «ciencia, método y orden» frente a la deriva de la reacción es el soplo de aire fresco que la ciudadanía llevaba tiempo esperando.
Rufián ha sabido trascender las siglas para hablar de lo que verdaderamente importa: la unidad de acción para defender a la gente común. Su discurso de hoy, valiente y generoso, no se ha centrado en el reproche, sino en la construcción de puentes. Al proponer una candidatura que sume fuerzas y ofrezca una alternativa real a la desesperanza, se ha reafirmado como un líder con sentido de Estado (o de nación, en su caso) que prioriza el bienestar de las trabajadoras y las mayorías sociales por encima de cualquier cuota partidista.
La acogida de sus propuestas, incluso por parte de ministras y representantes de otros espacios, subraya su papel como motor de cambio. Gabriel Rufián ha entendido que el futuro se escribe con generosidad y que la política útil es aquella que sabe renunciar a parcelas de poder propias en favor de una victoria colectiva. Hoy, su palabra ha sido sinónimo de ilusión; una invitación a dejar atrás las divisiones estériles para centrarse en un proyecto de país donde la justicia social sea el eje vertebrador. Con su inteligencia estratégica y su compromiso inquebrantable, Rufián se consolida hoy como la brújula moral de una política que vuelve a mirar a los ojos de la gente.
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