
La reciente desclasificación de los archivos relativos al golpe de Estado del 23 de febrero de 1981 ha sacado a la luz un documento revelador que ofrece una perspectiva inédita sobre la mentalidad de los implicados. En un manuscrito hallado originalmente en el domicilio del teniente coronel José Crespo Cuspinera, condenado por la posterior conspiración del 27 de octubre de 1982, se detallan con frialdad los fallos tácticos y políticos que, a juicio de los sublevados, condenaron la asonada al fracaso. La conclusión más cruda del texto es que el «primer fallo» de toda la operación fue «dejar al Borbón libre y tratar con él como si fuese un caballero».
Este análisis, redactado con posterioridad a la noche de los transistores, refleja un cambio drástico en la consideración que los sectores más duros del ejército tenían hacia la figura de Juan Carlos I. Si en los croquis de planificación previos al golpe, fechados en noviembre de 1980, la Corona aparecía como una pieza esencial e indispensable para el éxito del levantamiento, el fracaso de la operación transformó al monarca, a ojos de los golpistas, en un «objetivo a batir y anular». Los autores del escrito sostienen que el mando militar cometió una ingenuidad estratégica al no controlar físicamente los movimientos del Rey desde el primer minuto.
La ruptura con la Corona
El documento desclasificado subraya que los militares involucrados no se sentían decepcionados por el resultado del golpe en sí, sino por la gestión de los apoyos. Para ellos, Juan Carlos I dejó de ser un símbolo a respetar en el momento en que decidió frenar la asonada y apostar por lo que el manuscrito define como un «intento suicida» de formar un gobierno con participación de los socialistas. Esta percepción de «traición» alimentó el rencor de los mandos militares, que en el texto proponen analizar lo ocurrido no para lamentarse, sino para corregir errores en «acciones sucesivas».
Esta línea de pensamiento coincide con otras revelaciones de los archivos liberados, como las grabaciones de la unidad militar de El Pardo. En ellas, se percibe la frustración de los soldados y mandos intermedios. Mientras se desarrollaba la ocupación del Congreso, la comunicación entre los núcleos golpistas y el Palacio de la Zarzuela fue constante pero infructuosa para sus intereses. El manuscrito de José Crespo Cuspinera sugiere que, de haber existido una acción de fuerza directa contra la residencia real, el desenlace habría sido distinto.
Órdenes de «tirar a matar» y la participación del servicio secreto
La dureza del documento no es un hecho aislado dentro del material desclasificado. Otros informes detallan la violencia potencial que rodeaba la operación. Se ha confirmado la existencia de órdenes directas a las unidades que tomaron las instalaciones de Televisión Española (TVE) en las que se instruía a los soldados a «no hablar con nadie» y, en caso de resistencia o necesidad de imponer autoridad, «tirar a matar». Estas directrices desmontan la narrativa de un golpe incruento o meramente «disuasorio».
Asimismo, los documentos ponen nombres y apellidos a la implicación de la inteligencia estatal. Un informe del servicio secreto admite que al menos seis de sus agentes, entre los que figuran nombres como el Capitán García Almenta, el Capitán Gómez Iglesias, el Sargento Miguel Sales, el Cabo Monge Segura y el Cabo Moya Gómez, estuvieron implicados de forma activa en la ejecución del golpe. El texto desclasificado revela incluso que estos agentes intentaron encubrir sus movimientos activando una operación falsa para justificar su presencia en puntos clave durante la jornada del 23 de febrero.
El análisis de las alternativas de Gobierno
El manuscrito también profundiza en qué tipo de estructura política buscaban los militares tras el vacío de poder. Tras descartar varias fórmulas, el texto concluye que la única vía viable para el éxito de un futuro levantamiento sería una «operación civil con complemento militar». Es decir, una fachada de civilidad que ocultara el control real de las fuerzas armadas.
Para encabezar este proyecto, los autores citan nombres de figuras que consideraban de «talante liberal» pero manejables o afines a una transición controlada, como Manuel Gutiérrez Mellado, Sáenz de Santamaría o Díez Alegría. Paradójicamente, el documento señala que para que tal operación tuviera credibilidad, debería contar de nuevo con el apoyo de la Corona, a pesar de haber definido previamente al Rey como un objetivo a neutralizar, lo que demuestra la contradicción y el pragmatismo desesperado de los conspiradores tras el fracaso.
La reacción de las familias y el abandono
Más allá de la estrategia política, los archivos desclasificados ofrecen una dimensión humana y resentida del suceso. Se han recuperado conversaciones de la esposa de Antonio Tejero en las que lamenta amargamente la soledad en la que quedó su marido tras la rendición. «Me lo han dejado tirado como una colilla» o «es un desgraciado», son algunas de las expresiones que reflejan la sensación de traición interna dentro del propio estamento militar, donde unos mandos sacrificaron a otros para salvar sus propias carreras o la institución misma ante el fracaso inminente.
En definitiva, los nuevos datos aportados por la desclasificación retratan un escenario de violencia latente y una fractura total entre los sectores más extremistas del ejército y la monarquía. El manuscrito de los «errores» sirve como recordatorio de que, para los golpistas, la democracia no era el único enemigo; el propio Juan Carlos I, al no dejarse tutelar, pasó a encabezar su lista de objetivos militares.




