
Lo que comenzó como un incidente aislado se ha transformado, en menos de 24 horas, en el mayor desastre ambiental de la década. El estrecho de Ormuz y el golfo de Omán están siendo anegados por el vertido simultáneo de varios petroleros alcanzados por proyectiles y minas, creando una mancha de hidrocarburos que ya es visible desde los satélites y que avanza implacable hacia las costas.
Un escenario de destrucción coordinada
Al hundimiento del Skylight y el incendio masivo del Front Altair, se suman ahora reportes de impactos críticos en al menos otros dos buques de gran calado. El Marshal Z, un petrolero vinculado a las rutas de exportación sancionadas, ha quedado a la deriva con una brecha en su casco, vertiendo crudo pesado de forma incontrolada. Por su parte, el Kokuka Courageous, que ya sobrevivió a ataques en el pasado, se encuentra seriamente dañado tras una explosión en su sección central.
La suma de estos vertidos crea un «cóctel químico» letal. Mientras que el Front Altair libera nafta volátil y altamente tóxica, los otros buques están soltando miles de toneladas de petróleo crudo que, al mezclarse, forman una emulsión espesa conocida como «mousse», casi imposible de limpiar con medios convencionales.
La parálisis del salvamento
El drama ecologista es doble: a la contaminación masiva se suma la imposibilidad de intervenir. Las empresas de salvamento marítimo y las organizaciones ambientales han denunciado que los ataques cruzados entre las fuerzas de Estados Unidos e Irán impiden el despliegue de barreras de contención.
«No estamos ante un vertido, estamos ante una alfombra de muerte que cubre cientos de kilómetros náuticos», declaran fuentes de vigilancia ambiental en la región. «Cada minuto que el conflicto impide la entrada de barcos de limpieza, la posibilidad de recuperar los manglares de Qeshm o los arrecifes de Mascate desaparece por completo».
El colapso de la vida marina
Las aves marinas, ya afectadas por las manchas iniciales, están muriendo por millares en las playas de la región. Los cetáceos, desorientados por el ruido de las explosiones submarinas y el agua contaminada, corren el riesgo de varamientos masivos. La guerra por el petróleo está terminando de aniquilar el mismo entorno del que se extrae, dejando una herida negra que tardará generaciones en sanar.




