
El desplome del 60% en la entrada de personas por la frontera sur en lo que va de año es el indicador más crudo de la parálisis a la que se está sometiendo el derecho a la movilidad. Lo que las instituciones intentan vender como un control eficiente es, en términos de soberanía individual, un bloqueo sistemático que impide el flujo natural de los seres humanos.
Este descenso masivo de llegadas evidencia una realidad técnica de coacción:
Violencia administrativa y física: La caída drástica en las cifras solo se explica por el perfeccionamiento de los mecanismos de interceptación y el endurecimiento de unas fronteras que actúan como diques contra la libertad.
El fracaso de la libertad de movimiento: Cada individuo al que se le impide el tránsito es una derrota para un mundo que debería ser abierto. Este dato del 60% es la prueba de que las políticas de exclusión están logrando asfixiar la iniciativa de quienes buscan un futuro fuera de los límites impuestos por el Estado.
Contra la mercantilización: Rechazamos que el flujo migratorio solo se permita cuando responde a intereses de esclavitud laboral. Si las cifras bajan, es porque el sistema está logrando asfixiar la movilidad libre para sustituirla por procesos de selección de «recursos humanos» despojados de sus derechos.
Fracaso humanitario y político: Informamos de este descenso con la rabia de quien ve cómo se levantan muros invisibles pero letales. No celebramos la estadística; señalamos la parálisis de un derecho fundamental.
El éxito no se mide en menos llegadas, sino en más libertad. Este 60% de caída es el recordatorio de que la lucha por la soberanía del ser está perdiendo terreno frente al control estatal.




