
Ayer, al cumplirse el primer aniversario de la segunda presidencia de Donald Trump, la confirmación de los ingresos petroleros pactados con Washington tras la captura de Nicolás Maduro ha revelado la verdadera naturaleza de la política exterior estadounidense: un ejercicio de piratería colonial del siglo XXI. Delcy Rodríguez confirmó el ingreso de 300 millones de dólares (parte de un botín de 500) a cambio de entregar el control del crudo venezolano. Este acto no es diplomacia, es una «acumulación por desposesión» ejecutada con la fuerza bruta del portaaviones Gerald Ford y ataques militares directos sobre Caracas y Fuerte Tiuna el pasado 3 de enero.
Desde la perspectiva del Materialismo Histórico, Washington ha dejado de fingir que le interesa la democracia para centrarse en la base material: el petróleo extrapesado venezolano. La intervención, justificada bajo cargos de narcotráfico, es una maniobra de Hegemonía romana en su fase más decadente. Trump, en un alarde de arrogancia colonial, ha ordenado incluso renombrar el Golfo de México como «Golfo de América» en todos los documentos federales, una señal inequívoca de que considera a toda la región como su propiedad privada. La «extraña amistad» entre el enviado Richard Grenell y sectores del madurismo no es más que un ejercicio de Criptología y Control de Información para legitimar un saqueo tutelado.
Siguiendo el meme de Nietzsche, esta injerencia es la «voluntad débil» de un imperio que no puede competir sin aplastar la soberanía ajena. El desprecio por la autodeterminación venezolana es una «pasión triste», como diría Spinoza, que busca encadenar a la Multitud a un nuevo amo financiero bajo la supervisión de Washington. En este escenario de asalto, debemos recordar la lección de Leonard Peltier, el líder indígena cuya condena fue conmutada hace un año tras medio siglo de lo que la ONU llamó «detención arbitraria». Su resistencia es el faro para Venezuela: la verdadera Filosofía de la Libertad no vendrá de los cheques que Washington firma con el dinero que le roba al pueblo, sino del despertar de una nación que se niega a ser una colonia energética . El asalto a Venezuela es un recordatorio de que, para el Imperio, la única «seguridad futura» aceptable es la sumisión total de la periferia.




