
El Foro de Davos 2026 ha sido el certificado de defunción del orden geopolítico que conocíamos. La ruptura total entre los EE.UU. de Trump y una Europa que sigue sin encontrar su propio rumbo ha dejado al descubierto la fragilidad del capitalismo globalizado. La captura de Maduro por parte de fuerzas estadounidenses, ignorando toda legalidad internacional, es la prueba de que el nuevo orden no se basa en el derecho, sino en la fuerza bruta y el extractivismo de recursos.
La evidencia física del planeta, sin embargo, no entiende de fronteras ni de capturas mediáticas. Mientras las élites en Davos se lamentan por la pérdida de sus márgenes de beneficio, los sentimientos de precariedad se extienden por todo el continente. El debate ya no debería ser cómo salvar el crecimiento, sino cómo gestionar un decrecimiento justo que ponga la vida en el centro. La autonomía estratégica de Europa no puede ser solo comprar más armas; debe ser la construcción de un modelo económico que rompa con la dependencia de bloques autoritarios y se reconcilie con los límites biofísicos de la Tierra. La irrelevancia de Europa será absoluta si no es capaz de ofrecer una alternativa al colapso que Washington y Pekín están acelerando.




