
La actividad parlamentaria ha alcanzado esta semana un nivel de tensión que no se recordaba desde el inicio del mandato. Los pasillos del Congreso se han convertido en el escenario de una negociación frenética donde la supervivencia del Ejecutivo está en juego. Las diputadas de las formaciones que sostienen el bloque de investidura han dejado claro que la confianza no es un cheque en blanco y que, ante la inminencia de las votaciones clave para los presupuestos, las contrapartidas deben ser tangibles y de aplicación inmediata.
El punto de fricción más agudo se encuentra en la gestión de las políticas sociales y territoriales. Las negociadoras de los grupos parlamentarios han endurecido sus exigencias, centrando sus reivindicaciones en el blindaje de la ley de dependencia y el aumento de las partidas destinadas a los cuidados. Para las representantes de las fuerzas minoritarias, el cumplimiento de los acuerdos previos es la única garantía para evitar una parálisis legislativa que dejaría al país sin cuentas públicas para el próximo ejercicio. La sensación de agotamiento es compartida por muchas de las parlamentarias que llevan semanas encadenando reuniones a puerta cerrada sin alcanzar un consenso definitivo.
Desde la oposición, las críticas no se han hecho esperar. Se acusa al Gobierno de debilidad y de someter el interés general al mercadeo de votos con grupos que buscan beneficios particulares. Sin embargo, las estrategas de la Moncloa defienden la necesidad de la aritmética parlamentaria actual como la única vía posible para garantizar la gobernabilidad. En este clima de desconfianza mutua, cualquier gesto o declaración fuera de tono puede romper el frágil equilibrio de fuerzas que sostiene la cámara.
La situación es especialmente compleja para las líderes de los partidos que forman la coalición de gobierno, quienes deben hacer malabarismos para contentar a sus socias de investidura sin desvirtuar su propio programa económico. Las expertas en análisis político señalan que nos encontramos ante una legislatura de geometría variable, donde cada votación se convierte en un plebiscito sobre la continuidad del proyecto político actual. La incertidumbre no solo afecta a la actividad legislativa, sino que empieza a calar en la opinión pública, que observa con escepticismo cómo los grandes problemas de Estado quedan a menudo supeditados a la táctica de partido.
A medida que se acercan los plazos límite, la presión sobre las portavoces de los grupos aumenta. Las ciudadanas, mientras tanto, esperan que el ruido de los escaños se traduzca en medidas que mejoren su día a día. La jornada de hoy termina con las posiciones aún distantes, pero con la sombra de un adelanto electoral planeando sobre el hemiciclo si las negociadoras no logran encontrar un punto de encuentro que satisfaga las ambiciones de todas las partes implicadas.




