
La localidad gallega de Mos se ha despertado hoy con la noticia de un nuevo asesinato machista que ha conmocionado a todo el país. Una mujer de 52 años ha perdido la vida a manos de su expareja, un hombre que no tenía denuncias previas ni estaba registrado en el sistema de seguimiento policial. Este hecho pone de manifiesto, una vez más, que la violencia contra la mujer es una realidad estructural que a menudo permanece oculta tras la apariencia de normalidad. La evidencia de este crimen es un recordatorio doloroso de que las herramientas institucionales, aunque necesarias, son insuficientes si no van acompañadas de un cambio cultural profundo.
En este tipo de casos, es fundamental analizar cómo los discursos de odio y el negacionismo de la violencia de género contribuyen a crear un clima de impunidad para los agresores. Los sentimientos de superioridad y control que subyacen en estos crímenes son alimentados por una sociedad que, en ocasiones, prefiere mirar hacia otro lado o cuestionar a las víctimas. La desactivación de estas actitudes debe ser una prioridad absoluta en todos los niveles, desde la educación primaria hasta los medios de comunicación. Los datos no mienten: la violencia machista sigue segando vidas y rompiendo familias, y cada asesinato es un fracaso de nuestra democracia que nos obliga a reevaluar nuestras prioridades políticas y sociales.
Es necesario reforzar los presupuestos destinados a la protección de las mujeres y, sobre todo, mejorar los mecanismos de detección temprana en el entorno social y sanitario. Muchas víctimas no llegan a denunciar por miedo, por falta de recursos económicos o por la presión de un entorno que no las apoya. El caso de Mos demuestra que no podemos bajar la guardia ni permitir que se diluya el carácter específico de esta violencia. La lucha por la igualdad y por el derecho a una vida libre de miedo es la batalla más importante de nuestro tiempo, y requiere el compromiso de todos los sectores de la población para que no tengamos que lamentar ni una muerte más.




