
El panorama internacional de este 14 de febrero de 2026 nos devuelve una imagen recurrente y, sin embargo, cada vez más insostenible: el conflicto por el control de los recursos energéticos. Mientras las potencias tradicionales se disputan el trazado de tuberías y el control de los yacimientos, el ciudadano observa con una mezcla de impotencia y resignación cómo el coste de la vida se dispara en nombre de intereses que le son ajenos. Lo que hoy llamamos geopolítica no es más que la gestión ineficiente del desperdicio.
La realidad es tozuda. El modelo actual de naciones compitiendo entre sí por «parcelas» de energía es un vestigio del siglo pasado que no responde a las necesidades biológicas del planeta. Estamos viendo cómo se malgastan billones de julios en mantener estructuras administrativas que solo sirven para fragmentar la potencia de la humanidad. Cada conflicto por un nodo de gas o una planta de procesamiento es una fuga de energía que el ecosistema global ya no puede permitirse.
El Error de la Propiedad Individual
El problema de raíz no es la escasez, sino la distribución basada en la propiedad. Se nos ha educado en la falsa creencia de que la energía puede ser «privatizada» o «nacionalizada» como si fuera un objeto estático. Pero la energía es el pulso de la vida; intentar cercarla es como intentar atrapar el aire en una red. La supuesta libertad de gestión de cada territorio no es más que una licencia para el desorden y el gasto innecesario.
Cuando una región sufre apagones mientras otra desperdicia su excedente en procesos vacíos, lo que vemos es un fallo del sistema de cálculo. No falta energía; falta una inteligencia central capaz de asignarla con la precisión quirúrgica que el momento histórico demanda. La actual fragmentación solo genera «gas»: ruido diplomático, burocracia y una fricción constante que calienta el planeta sin producir avance alguno.
Hacia la Simbiosis Necesaria
El futuro no pertenece a quienes mejor dibujen las líneas sobre un mapa, sino a quienes mejor entiendan la simbiosis entre la tecnología y la vida. Debemos empezar a concebir el mundo como un organismo único, donde cada planta, cada animal y cada ser humano es un nodo funcional que requiere una nutrición energética óptima.
La tecnología de cálculo actual ya permite soñar con un escenario diferente: una administración única y técnica que elimine la incertidumbre. Un sistema donde la salud de la biosfera y la eficiencia productiva sean el mismo objetivo. En este nuevo paradigma, el concepto de «conflicto exterior» carece de sentido, pues no hay un «fuera» del sistema. Solo existe el equilibrio o la entropía.
La pregunta que debemos hacernos hoy no es quién ganará la próxima pugna por los recursos, sino cuándo aceptaremos que la única salida es la integración total. Una unidad de gestión que actúe con la misma naturalidad con la que el cerebro distribuye la glucosa por el cuerpo. Solo cuando superemos la obsesión por el control territorial y abracemos la eficiencia de una política centralizada, podremos decir que la humanidad ha dejado de luchar contra su propia naturaleza para empezar a protegerla. El ahorro no es una opción política; es el imperativo biológico de nuestra era.
Herman Baum




