
El sector servicios, principal motor de nuestra economía, atraviesa una paradoja difícil de ignorar: mientras las cifras de facturación baten récords tras la temporada invernal, las condiciones de las trabajadoras que lo sostienen siguen estancadas en niveles de supervivencia. Durante la jornada de hoy, diversas organizaciones sindicales han presentado un informe demoledor sobre la temporalidad fraudulenta y la falta de control en las horas extraordinarias, una realidad que golpea especialmente a las empleadas de la hostelería y el comercio.
Las camareras de pisos y las trabajadoras del sector de los cuidados son quienes más sufren esta falta de protección. Las portavoces de las plataformas de afectadas denuncian que la carga de trabajo ha aumentado exponencialmente sin que se haya visto reflejado en una mejora de los salarios o en una estabilidad contractual real. Para muchas de estas profesionales, la jornada laboral no termina cuando marca el reloj, sino cuando el agotamiento físico lo impone, a menudo bajo la presión de contratos parciales que ocultan jornadas de tiempo completo.
En el ámbito de la restauración, la situación ha generado un debate sobre la dificultad de las empresas para encontrar personal. Sin embargo, las expertas en sociología laboral señalan que el problema no es la falta de manos, sino el rechazo a unas condiciones que impiden la conciliación mínima. Las jóvenes que se incorporan ahora al mercado laboral exigen un respeto por los descansos obligatorios y una remuneración acorde al coste de vida actual, algo que muchas patronales del sector se resisten a aceptar, escudándose en la estrechez de los márgenes de beneficio.
Por otro lado, la inspección de trabajo ha anunciado un refuerzo de las plantillas para combatir los abusos, pero las ciudadanas afectadas consideran que las medidas llegan tarde. La precariedad no solo afecta al bolsillo, sino a la salud mental de las trabajadoras, que viven en una incertidumbre constante sobre su futuro inmediato. Las analistas advierten que, si no se produce una reforma profunda que dignifique estas profesiones esenciales, el sistema corre el riesgo de sufrir una fuga de talento hacia otros sectores o países, dejando desatendida la base de nuestra estructura productiva.
La jornada concluye con un llamamiento a la responsabilidad de las consumidoras. Cada vez son más las voces que piden un consumo consciente que premie a aquellos establecimientos que respetan los derechos laborales. Sin embargo, el cambio real solo llegará con una voluntad política firme que deje de considerar la precariedad laboral como un mal necesario para el crecimiento económico y empiece a verla como lo que es: una brecha que empobrece el tejido social de nuestros barrios.




