
El hallazgo de un nuevo tipo de mundo rocoso, donde el calor estelar funde la superficie de forma perpetua, redefine la clasificación de sistemas solares distantes y abre una ventana al estudio de la atmósfera de los exoplanetas.
GINEBRA – La astronomía moderna ha alcanzado hoy, 17 de marzo de 2026, un nuevo hito en la caracterización de mundos fuera de nuestro sistema solar. Un consorcio internacional de científicos, utilizando datos combinados del telescopio espacial James Webb (JWST) y observatorios terrestres como el Very Large Telescope (VLT) en Chile, ha confirmado el descubrimiento y análisis detallado de un nuevo tipo de exoplaneta: los mundos de magma persistente. Estos cuerpos celestes no solo presentan actividad volcánica puntual, sino que toda su superficie está cubierta por un océano de lava global y permanente.
El descubrimiento de K2-141b y su atmósfera de roca
El estudio se ha centrado en planetas con órbitas extremadamente cercanas a sus estrellas anfitrionas. El ejemplar más destacado es K2-141b, un exoplaneta cuya proximidad a su sol provoca temperaturas superficiales superiores a los 2.500 °C. A estas temperaturas, no solo el hielo o el agua son imposibles, sino que la propia roca se funde y, en algunos puntos, se evapora.
Los datos del espectrógrafo de infrarrojo cercano del James Webb han permitido identificar que estos planetas poseen una «atmósfera de vapor de roca». El ciclo meteorológico en estos mundos es radicalmente distinto al terrestre: los minerales se evaporan en el lado diurno (que siempre mira a la estrella debido al anclaje de marea), son transportados por vientos supersónicos hacia el lado nocturno y allí precipitan en forma de «lluvia de piedras» o nieve mineral sobre el océano de magma.
Colaboración tecnológica: espacio y tierra
La importancia de este anuncio reside en la combinación de herramientas. Mientras que el James Webb ha proporcionado la sensibilidad necesaria para detectar la composición química de la atmósfera mediante espectroscopia de tránsito, los observatorios terrestres han aportado la velocidad radial necesaria para calcular la densidad del planeta.
Estos datos confirman que estos mundos tienen una densidad similar a la de la Tierra, lo que indica una composición principalmente férrea y rocosa, a pesar de su estado líquido superficial. Este hallazgo permite a los geólogos planetarios estudiar procesos que en nuestro planeta ocurrieron hace más de 4.000 millones de años, durante la fase de formación de la Luna, cuando la Tierra era también un océano de magma tras grandes impactos.
Implicaciones para la búsqueda de vida
Aunque los planetas de lava son ambientes hostiles e incompatibles con la vida tal como la conocemos, su estudio es fundamental para la astrobiología. Comprender cómo se comportan las atmósferas en condiciones extremas ayuda a los científicos a calibrar sus instrumentos para buscar señales más sutiles en planetas templados.
El director científico de la misión, el doctor Thomas Zurbuchen, ha señalado que este tipo de descubrimientos permite «descartar falsos positivos» en la búsqueda de firmas biológicas. Al conocer exactamente cómo brilla y qué gases emite un planeta de lava, es más sencillo identificar cuándo un espectro lumínico pertenece a un mundo con agua líquida y oxígeno.
Próximos pasos en la investigación
La comunidad científica planea ahora utilizar el instrumento MIRI (Mid-Infrared Instrument) del James Webb para realizar un mapa térmico completo de estos exoplanetas. El objetivo es determinar con precisión si existen corrientes de convección en el océano de lava similares a las corrientes oceánicas terrestres, lo que revelaría detalles cruciales sobre el interior profundo de los planetas y su campo magnético.
Con este hallazgo, la taxonomía de los exoplanetas se amplía, confirmando que el universo alberga estructuras geológicas que desafían las clasificaciones tradicionales de gigantes gaseosos y rocosos fríos, mostrando una diversidad de estados físicos que la ciencia apenas empieza a comprender.




