
El escenario en el Estrecho de Ormuz se define hoy por las acciones de Washington y Teherán, que han llevado la situación a un punto de parálisis en el tránsito marítimo. La administración de Estados Unidos, bajo la dirección de Donald Trump, fundamenta su estrategia en la imposición de sanciones y el despliegue de activos navales en la región. Esta línea de acción prioriza la presión económica y militar como método de relación exterior, lo que ha derivado en la suspensión de contactos diplomáticos y en la exigencia a otros estados de sumarse a medidas de restricción comercial.
Por parte de Irán, la respuesta consiste en la ejecución de maniobras militares y el anuncio del cierre de sectores del estrecho. Las autoridades en Teherán vinculan estos movimientos a la protección de sus estructuras de mando y a la continuidad de sus programas de desarrollo nuclear. Estas decisiones suponen un obstáculo para el flujo de recursos energéticos a nivel global, provocando variaciones en los precios del petróleo y afectando a las redes de distribución internacional.
La convergencia de estas dos políticas resulta en un entorno donde el ejercicio de la fuerza sustituye a los protocolos de mediación. USA utiliza su capacidad financiera para aislar la economía iraní, mientras que Irán utiliza su posición geográfica para condicionar el comercio de terceros países. Ninguna de las partes muestra disposición a la apertura de canales de diálogo que no pasen por la capitulación del contrario. El resultado es un aumento de la presencia de armamento en una zona de paso civil y una gestión de la crisis que se basa en el mantenimiento de posturas de fuerza.
Este esquema de confrontación ignora las necesidades de estabilidad de las poblaciones afectadas y se centra en el sostenimiento de los objetivos de cada administración. Los mecanismos de seguridad colectiva han quedado relegados por las decisiones unilaterales de ambos gobiernos, que operan bajo una lógica de suma cero donde el beneficio de una parte se busca a través del perjuicio de la otra. La situación actual en el estrecho es la consecuencia de décadas de ausencia de diplomacia y de la apuesta por la escalada como herramienta de política interna y externa.





