
Por ISA – 16 de marzo de 2026
Lo que durante décadas fue una relación de «profundidad estratégica» y apoyo mutuo entre el aparato militar de Pakistán y los talibanes se ha transformado hoy en una guerra abierta. Tras una serie de ataques fronterizos y bombardeos aéreos masivos, la región se enfrenta a una nueva catástrofe humanitaria que amenaza con desestabilizar aún más el sur de Asia.
El colapso de una alianza histórica
Durante la ocupación estadounidense de Afganistán, el Estado paquistaní —particularmente su servicio de inteligencia, el ISI— mantuvo un doble juego: apoyaba formalmente la «Guerra contra el Terror» de Washington mientras proporcionaba refugio y logística a la cúpula talibán. Sin embargo, tras la toma de Kabul en agosto de 2021, esta relación comenzó a fracturarse.
El régimen de los talibanes en Afganistán, lejos de ser el peón dócil que esperaba Islamabad, ha reafirmado su independencia. El punto de fricción central es el Tehrik-i-Taliban Pakistan (TTP), o los talibanes paquistaníes. Este grupo opera desde suelo afgano lanzando ataques contra el ejército de Pakistán, con el objetivo de derrocar al gobierno en Islamabad e imponer un califato similar al de sus vecinos.
Escalada militar y bombardeos
La paciencia del general Asim Munir, jefe del ejército paquistaní, se agotó este mes. Tras un ataque del TTP en la provincia de Jaiber Pajtunjuá que resultó en la muerte de varios oficiales de alto rango, Pakistán respondió con incursiones aéreas dentro de territorio afgano, alcanzando las provincias de Khost y Paktika.
El régimen talibán en Kabul, liderado por el mulá Hibatullah Akhundzada, ha respondido movilizando artillería pesada hacia la Línea Durand. Los enfrentamientos en los pasos fronterizos de Torkham y Chaman han desplazado a miles de familias. Para las masas trabajadoras de ambos lados de la frontera, esta guerra es una continuación de la barbarie que han sufrido durante los últimos cuarenta años.
La Línea Durand: Una herida colonial abierta
La raíz del conflicto territorial es la Línea Durand, una frontera de 2.640 kilómetros trazada por los británicos en 1893. Divide arbitrariamente a las poblaciones pastún y baluchis. Ningún gobierno afgano, incluidos los talibanes, ha reconocido jamás esta frontera. Para el nacionalismo afgano, estas tierras son parte de un «Gran Afganistán», mientras que para Pakistán, el mantenimiento de esta frontera es vital para su integridad territorial.
El contexto internacional: China, EE. UU. e India
Este conflicto no ocurre en el vacío. La administración de Donald Trump en EE. UU. ha mostrado señales de querer estrechar lazos con los militares paquistaníes para contener la influencia de Irán y China. Por otro lado, Pekín está profundamente preocupado; la inestabilidad pone en riesgo el Corredor Económico China-Pakistán (CPEC), una pieza clave de su iniciativa de la Franja y la Ruta.
India, bajo el gobierno de Narendra Modi, observa la situación con cautela. El debilitamiento de la influencia de Pakistán sobre Kabul es visto como una victoria estratégica para Nueva Delhi, aunque el temor a que el extremismo islámico se desborde hacia Cachemira sigue presente.
La crisis de los refugiados y la represión
En medio de los disparos, el gobierno paquistaní ha intensificado la deportación masiva de refugiados afganos. Cientos de miles de personas, muchas de las cuales han vivido en Pakistán durante décadas, están siendo obligadas a regresar a un Afganistán sumido en el hambre y la represión de género extrema impuesta por los talibanes. Se trata de un chivo expiatorio cínico para desviar la atención de la crisis económica interna de Pakistán, marcada por una inflación galopante y una deuda externa asfixiante.




