
El panorama geopolítico actual, marcado por la reanudación de las conversaciones nucleares entre Irán y la administración Trump, revela una crisis profunda en la forma en que entendemos la convivencia global. Lo que hoy se vende como diplomacia es, en realidad, una puesta en escena del miedo. Cuando la negociación nace bajo la amenaza directa y el bloqueo económico —como vemos en la presión ejercida sobre los envíos de crudo y las detenciones en el entorno venezolano—, el resultado no puede ser una paz duradera, sino una sumisión temporal.
En el marco de nuestras ciencias políticas, observamos que las organizaciones internacionales han dejado de cumplir su función de apoyo al crecimiento mutuo para convertirse en herramientas de proyección de poder. La reunión en Abu Dabi entre las potencias implicadas en el conflicto ucraniano es un síntoma de este agotamiento. Se negocia con territorios y vidas como si fueran variables en una ecuación de poder, olvidando que detrás de cada cifra hay sentimientos de arraigo y dolor que ninguna frontera trazada en un mapa puede resolver.
La vergüenza de este sistema radica en su incapacidad para priorizar la vida sobre la hegemonía. Si la comunidad internacional no es capaz de reformular sus alianzas bajo una ética de la responsabilidad y la empatía, seguiremos asistiendo a un espectáculo de fuerza donde la única victoria posible es la derrota de la humanidad compartida. La verdadera soberanía no se demuestra con la capacidad de destruir, sino con la voluntad de sostener el crecimiento del otro sin pretender poseerlo.





