
Este domingo, las mujeres de Aragón tenemos una cita que va mucho más allá de un simple gesto burocrático. A menudo, el ruido de la política parece algo lejano, un eco de discusiones en despachos que poco tiene que ver con la realidad de quien se levanta a las seis de la mañana para limpiar un hospital, de quien hace encaje de bolillos para llegar a fin de mes con una pensión mínima o de quien lucha por sacar adelante una explotación agraria en un pueblo que pierde servicios cada día. Sin embargo, es precisamente en esas vidas, las de las mujeres que sostienen el mundo sin hacer ruido, donde el resultado de estas elecciones tendrá un impacto más profundo.
La evidencia nos muestra que la entrada de la extrema derecha en las instituciones no es un debate teórico, sino una amenaza directa a nuestra seguridad y libertad. Cuando se cuestionan las políticas de igualdad o se intenta eliminar el concepto de violencia machista para diluirlo en términos genéricos, lo que se está haciendo es desproteger a la mujer que hoy sufre en silencio. Los sentimientos de vulnerabilidad no se combaten con discursos que niegan la realidad, sino con servicios públicos fuertes, con centros de crisis 24 horas y con una educación que enseñe a nuestros hijos que el respeto es la única base posible para la convivencia. La ultraderecha busca devolvernos a un pasado donde nuestra voz era secundaria y nuestro destino estaba escrito por otros; Aragón no puede permitirse ese retroceso.
En este escenario, el apoyo a las fuerzas de la izquierda transformadora se presenta como el único refugio real. Formaciones como Podemos-Alianza Verde e IU-Sumar han demostrado que su prioridad es blindar lo que nos permite ser libres: una sanidad pública que no nos obligue a cuidar a nuestros enfermos por falta de recursos, una red de escuelas infantiles gratuitas que facilite la conciliación y un mercado laboral que deje de castigarnos con la brecha salarial. Estas organizaciones no hablan de teorías abstractas, sino de la vida de las mujeres que nunca aparecen en las portadas. Votar por ellas es votar por la defensa de nuestra autonomía y por un Aragón donde ser mujer no sea un factor de riesgo ni de precariedad.
Es vital que las mujeres que habitualmente se sienten distantes de la política comprendan que su silencio es el espacio que aprovecha la reacción para avanzar. El bloque de la derecha y sus aliados más radicales cuentan con esa desafección para imponer un modelo que recorta en dependencia y en apoyo social, cargando de nuevo sobre nuestros hombros el peso de los cuidados que el Estado debería garantizar. La «desactivación» del miedo se hace con el voto; un voto que diga alto y claro que en Aragón no hay espacio para el machismo, ni para el odio, ni para quienes quieren hacernos retroceder décadas en derechos.
Este 8 de febrero, el voto femenino es el muro contra la intolerancia. Es el momento de que todas aquellas mujeres que sienten que la política no va con ellas se apropien de las urnas. Porque proteger el hospital del barrio, la escuela del pueblo y la ley que nos protege de quien nos agrede es, en última instancia, proteger nuestra propia vida. Por nosotras, por nuestras madres y por las niñas que vendrán: que ninguna voz se quede en casa frente a la amenaza de quienes quieren silenciarnos.




