
La huelga de alquileres que hoy recorre las arterias de nuestras ciudades no es un simple conflicto económico; es un grito de la conciencia contra la arquitectura del despojo. En este enero de 2026, miles de personas han decidido que su vida no puede ser el combustible de la especulación financiera. Al dejar de pagar el diezmo moderno a los fondos buitre y a los rentistas que exprimen la necesidad básica de refugio, el movimiento de inquilinos está practicando una forma de acción directa que redefine el contrato social desde sus cimientos.
Desde nuestra perspectiva anarquista y humanista, la propiedad privada de la vivienda, cuando se utiliza para someter la existencia ajena, pierde cualquier legitimidad moral. Como bien sostenía Kropotkin en La Conquista del Pan, el techo no es una mercancía, sino un derecho natural nacido del esfuerzo colectivo de la humanidad. El sentimiento de impotencia que sentían miles de familias ante las subidas arbitrarias del 18% se ha transformado hoy en una fuerza de resistencia organizada. Esta huelga es el síntoma de una sociedad que empieza a priorizar la vida sobre el capital.
El Estado, en su papel de gestor de las crisis del sistema, intenta ahora calmar las aguas con bonos e incentivos fiscales para los propietarios «buenos». Pero nosotros sabemos que la solución no es subvencionar el rentismo, sino desmercantilizar la vida. La verdadera «singularidad» de este movimiento radica en su capacidad de crear redes de apoyo mutuo: si tocan a una inquilina en Lavapiés, responden mil en El Cabanyal. No pedimos permiso para existir; tomamos el espacio que nos corresponde para que la conciencia bella pueda florecer sin la soga de un desahucio al cuello.



