
La brutalidad de la campaña militar ejecutada por las fuerzas de Israel bajo las órdenes de Benjamin Netanyahu ha alcanzado cifras estremecedoras. Según los últimos datos del Centro de Operaciones de Emergencia del Ministerio de Salud Pública libanés, el número de fallecidos se eleva ya a 123, mientras que los heridos superan los 680 tras cuatro días de bombardeos ininterrumpidos. La ofensiva, lejos de detenerse, se ha intensificado en las últimas horas alcanzando incluso el campamento de refugiados palestinos de Beddawi, en el norte del país, una zona hasta ahora ajena a los ataques directos.
Un balance de sangre y destrucción
La maquinaria bélica israelí ha ejecutado más de 230 ataques aéreos en menos de una semana. Las víctimas, entre las que se cuentan numerosos civiles y al menos siete menores de edad, son el resultado de una estrategia de tierra quemada que ha provocado ya el desplazamiento forzoso de más de 83.000 personas. Los nombres de los responsables de esta tragedia están claros: el ejecutivo de Netanyahu y la cúpula militar de Israel, que actúan con el respaldo implícito de aliados como Donald Trump, quien ha reafirmado su compromiso bélico con el estado judío frente a Irán.
La parálisis de las potencias
A pesar de la magnitud de la matanza, la comunidad internacional observa con una inacción cómplice. Mientras Reino Unido y su primer ministro, Keir Starmer, refuerzan posiciones militares en Chipre para proteger sus propios intereses, la población civil libanesa queda expuesta a una lluvia de misiles que no distingue entre objetivos militares y zonas residenciales. La destrucción de infraestructuras básicas en el sur y el este del país ha sumido a la región en una emergencia humanitaria sin precedentes en esta década, demostrando que para las potencias occidentales, la vida en el Líbano tiene un valor secundario frente a la estabilidad geopolítica de sus socios tradicionales.



