
La reciente decisión del Gobierno español de prohibir el acceso a redes sociales a las menores de 16 años no es una medida de censura, sino un acto de defensa de la integridad del sentimiento humano. En una era donde el lenguaje se utiliza a menudo para atomizar y dirigir la voluntad, la creación de este cordón sanitario digital busca proteger el proceso de maduración de quienes aún no poseen las herramientas para defenderse de la arquitectura de la adicción.
Desde el rigor de nuestras filosofías, es imperativo citar a Byung-Chul Han, quien en sus reflexiones sobre la «sociedad del rendimiento» explica cómo el sujeto contemporáneo se autoexplota a través de la visibilidad constante. Al tipificar la manipulación algorítmica como delito, se reconoce por fin que el diseño de software puede ser una forma de agresión. Para las jóvenes, que habitan mayoritariamente estos espacios de validación externa, la presión estética y la vigilancia constante han erosionado la capacidad de introspección.
Apoyar esta ley significa apostar por un crecimiento social que no dependa de estructuras ajenas y extractivas. No podemos permitir que la conciencia de una generación se moldee bajo la lógica del beneficio por clic. El retorno a lo analógico, al contacto sin mediación y al aburrimiento creativo es la única vía para que los sentimientos florezcan con la claridad que merecen, lejos del ruido incesante de una tecnología que, lejos de conectarnos, nos ha dejado más solas frente a la pantalla.






