
El pasado 8 de febrero, las calles de Madrid volvieron a teñirse de blanco en una manifestación masiva convocada por asociaciones vecinales y sindicatos. Bajo el lema «Salvar la sanidad pública», las portavoces de la Marea Blanca denunciaron lo que consideran un «debilitamiento intencionado» del sistema sanitario madrileño. La estrategia es clara: deteriorar lo público para empujar a la ciudadanía hacia los seguros privados, convirtiendo un derecho fundamental en un nicho de negocio.
Con listas de espera desesperantes y una Atención Primaria al borde del colapso, los movimientos sociales exigen una financiación que sea 100% pública y de gestión directa. Rechazan cualquier forma de colaboración público-privada que, según sus informes, solo sirve para derivar fondos de los impuestos hacia empresas de capital riesgo. Para las profesionales y usuarias que sostienen esta lucha, defender la sanidad es defender la equidad territorial y la dignidad de los sectores más vulnerables de la población.
Este movimiento busca que la organización sanitaria crezca en recursos humanos y técnicos, no en conciertos externos. Al participar en estas marchas, el ciudadano se convence de que la salud no puede depender del código postal ni de la cuenta corriente. La lucha por la sanidad pública en España se ha convertido en la gran batalla ideológica de 2026, donde se decide si el Estado garantiza la vida o si la entrega a las leyes del mercado.




