
Es una vergüenza histórica que hayamos llegado a 2026 con tribunales que aún balbuceaban conceptos como el «deber conyugal». La reciente reforma legal en Francia, que elimina definitivamente esta reliquia del patriarcado, no es un avance para celebrar, sino la retirada forzosa de una estructura de poder que ha amparado la violencia sexual dentro de la casa. El sexo por obligación es violación, se vista con traje de novia o se esconda tras una firma en el registro civil.
La evidencia es tan nítida como brutal: la noción de que el cuerpo de una mujer pertenece al marido es la base de la pirámide de violencia que termina en feminicidio. No hay «intimidad» que valga cuando se vulnera el consentimiento; hay un delito. Los sectores que intentan disfrazar esta barbarie de «tradición» o «derecho de familia» solo exponen su propia miseria moral. El sentimiento de posesión sobre el otro es la antítesis de la libertad. La soberanía corporal es absoluta y el consentimiento debe ser constante, libre y entusiasta. Cualquier otra cosa es abuso, y cualquier ley que no lo castigase era, sencillamente, una ley cómplice de la barbarie machista.




