
La clausura de la Conferencia de Seguridad de Múnich este domingo deja una sensación de urgencia en el continente. La cita, que históricamente ha servido de termómetro para la alianza atlántica, ha virado este año hacia una introspección necesaria. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha sido tajante al vincular la salud del euro con la capacidad de defensa propia. Para las líderes europeas presentes en la cumbre, la estabilidad ya no es un regalo del orden internacional, sino una estructura que debe construirse desde dentro.
Las ministras de defensa y exteriores que han participado en los paneles finales coinciden en que la fragmentación del comercio global y las tensiones en las fronteras orientales exigen una Europa que hable un solo lenguaje en materia de seguridad. No se trata solo de gasto militar, sino de soberanía tecnológica e industrial. Las representantes de las principales potencias continentales han subrayado que la dependencia de proveedores externos para componentes críticos es una vulnerabilidad que debe corregirse de inmediato. La declaración final de Múnich 2026 no es una invitación al diálogo, sino un plan de acción para convertir al continente en un actor capaz de sostener su propio peso en el tablero geopolítico.
Durante las sesiones finales, las líderes y ministras europeas han compartido un sentimiento de escepticismo justificado. Aunque se han anunciado avances diplomáticos y un aumento significativo en el gasto de defensa de la OTAN, la sensación general es que estos movimientos carecen de una brújula moral o estratégica clara. Los conflictos no se están resolviendo, sino que se están congelando, convirtiendo zonas como Ucrania o Venezuela en laboratorios donde la soberanía se negocia como una moneda de cambio entre potencias. La paz, tal como se ha advertido en las ponencias, ha dejado de ser un producto del derecho para convertirse en un subproducto de la fuerza bruta y los pactos directos entre líderes.
La secretaria general de Amnistía Internacional ha sido una de las voces más críticas en esta jornada de clausura. En su intervención, ha denunciado que los ataques sistemáticos contra el derecho internacional no solo son inmorales, sino que socavan la seguridad global a largo plazo. Ha señalado específicamente la responsabilidad de países como Alemania, cuya reanudación de transferencias de armas es vista por las activistas como una complicidad con crímenes internacionales. Para las organizaciones de derechos humanos, revitalizar el multilateralismo es la única vía para evitar que el mundo se deslice hacia una era de bloques cerrados y rivalidades permanentes.
La MSC 2026 no adopta decisiones formales, pero su influencia como termómetro del equilibrio global es innegable. Este año, el mensaje que sale de Baviera es el de una Europa que intenta encontrarse a sí misma en medio de un orden que se desmorona. La presidenta del Banco Central Europeo, Christine Lagarde, ha incidido en que la estabilidad económica y la seguridad física son ya inseparables. La propuesta que queda sobre la mesa es ambiciosa pero incierta: construir desde la fractura algo más fuerte y justo, asumiendo que el viejo orden no regresará y que la nostalgia no puede ser una estrategia política frente a un mundo que ha decidido cambiar las leyes por el trato directo.




